Memorias de Mama Blanca

Memorias de Mama Blanca

Los achaques de su piano, cuyas cuerdas gastadas se resistían de tiempo en tiempo a sonar como es debido, la hacían sonreír con indulgencia en atención a tan larga fi­delidad herida por fin de decadencia. Sus propias deficien­cias la llenaban de un suave desencanto que florecía en consejos si, dado el caso, yo me hallaba sentada a su lado. En tal circunstancia, cesaba la pieza comenzada, se quitaba los anteojos, apoyaba los codos en el teclado, cruzaba sus manos salpicadas por las manchas del tiempo y me decía en voz de confidencia, señalando con los ojos el nombre del compositor, en el libro abierto sobre el piano:



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